Violencia vicaria: cuando la maternidad se convierte en un campo de batalla emocional
agosto 7, 2025Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, una fecha que se ha convertido en símbolo de lucha, reivindicación y visibilidad. Pero más allá de los actos, los discursos y los gestos simbólicos, hay una pregunta que me atraviesa desde hace años: ¿de qué sirve pedir igualdad en un sistema que nunca fue creado por y para nosotras?
Cuando pedir no basta
Durante décadas, las mujeres hemos exigido derechos, visibilidad, acceso, representación… y sí, se han conseguido avances. Pero, ¿a qué precio? ¿Cuántas de nosotras, en ese intento por encajar, hemos terminado renunciando a lo más valioso que poseemos: nuestra energía femenina, intuitiva, cíclica, creadora?
No se trata solo de entrar en el mundo masculino bajo sus reglas. Se trata de construir uno nuevo, desde lo femenino. Porque querer igualdad dentro del patriarcado es, en el fondo, aceptar seguir jugando en un tablero diseñado para otros fines.
Una sociedad que no nos reconoce
Esta cultura, profundamente patriarcal, premia la hiperproductividad, la linealidad, la competencia, la dureza emocional. Nos ha enseñado a desconfiar de lo suave, de lo sensible, de lo receptivo. Nos ha enseñado a temer nuestra propia esencia.
Y entonces muchas mujeres, para sobrevivir, para tener éxito o simplemente para ser aceptadas, se endurecen. Se vuelven soldados en trincheras que no eligieron. Renuncian al autocuidado, al descanso, a la ternura, a la conexión verdadera con otras mujeres. Y así, poco a poco, se van desconectando también de sí mismas.
La feminidad no es debilidad
Nos han convencido de que ser suaves es ser débiles. Que llorar es rendirse. Que ceder es perder. Pero la verdadera fuerza femenina no tiene nada que ver con el sometimiento ni con la sumisión. Al contrario: nace del respeto profundo hacia nuestros ritmos, nuestras emociones, nuestras contradicciones.
No podremos construir un futuro distinto mientras intentemos parecernos al modelo que queremos transformar. No se cambia el sistema repitiéndolo. Se cambia desde otro lugar, desde una energía nueva. Desde la intuición, la escucha, el vínculo, la comunidad.
Hombres con energía femenina, mujeres con voz propia
Esta revolución, si ha de ser auténtica, deberá ser conjunta. No contra el hombre, sino junto a los hombres que sepan reconocer, integrar y honrar también su parte femenina. Hombres que no necesiten dominar, competir ni justificar su valía desde el poder. Solo así podremos construir algo diferente.
Conciliar no es solo un derecho
Es un acto revolucionario recuperar el equilibrio entre el trabajo y la vida. Entre lo profesional y lo afectivo. Entre el hacer y el ser. Pero no podremos conciliar nada si seguimos participando de estructuras que nos niegan, que nos fragmentan y nos consumen.
La conciliación empieza por dentro: por atrevernos a vivir desde nuestro eje, aunque eso implique salirnos de los caminos marcados.
Una llamada a dejar de imitar lo que no nos representa
No podemos seguir simulando fortaleza mientras arrastramos el alma. Ni callar mientras acumulamos frustración. Ni pedir respeto mientras nos traicionamos en nombre del éxito o la comodidad. No queremos más disfraces de igualdad vacía.
Necesitamos referentes que nos inspiren, no por ser perfectas, sino por atreverse a vivir con coherencia. Mujeres que supieron ver más allá del sistema. Que sintieron, escribieron, amaron, lucharon… y que, en su sensibilidad radical, también se rompieron.
Mi homenaje a las mujeres que no se dejaron domesticar
Hoy mi pensamiento está con aquellas que no pudieron sobrevivir a esta sociedad tan injusta con lo femenino. Mujeres como Simone Weil, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Virginia Woolf. Mujeres profundamente lúcidas, sensibles, comprometidas con su verdad. Mujeres que no encontraron su lugar en un mundo que castigaba lo que no entendía.
Ellas son mis heroínas. No por su final, sino por la intensidad con la que vivieron. Por no ceder. Por no fingir. Por ser fieles a sí mismas hasta las últimas consecuencias. Ojalá hubieran podido encontrarse unas con otras. Ojalá hubieran sentido que no estaban solas.
Un nuevo camino para nosotras
Hoy no quiero celebrar el “día de la mujer trabajadora” repitiendo eslóganes vacíos. Quiero invitar a la reflexión, a la conexión, a la recuperación de nuestra autenticidad. Porque no hemos venido a imitar modelos que nos deshumanizan. Hemos venido a recordar quiénes somos, desde lo más profundo, y a vivir desde ahí.
Mi homenaje es para todas las que, cada día, eligen no traicionarse. Las que se reconstruyen desde la verdad. Las que caminan con miedo, pero caminan igual.
Gracias por estar. Gracias por ser.
