Violencia vicaria: cuando la maternidad se convierte en un campo de batalla emocional
agosto 7, 2025La parentificación es una forma sutil pero devastadora de violencia emocional que afecta a muchas familias tras una separación. Se produce cuando uno de los progenitores utiliza a los hijos como apoyo emocional, los manipula o los pone en contra del otro padre o madre. Esta dinámica, lejos de ser inocente, puede provocar consecuencias graves a nivel afectivo y psicológico en los niños y en el progenitor desplazado. En este artículo comparto mi experiencia como madre que ha sufrido la parentificación desde dentro, con la esperanza de arrojar luz sobre un fenómeno aún poco visibilizado.
¿Qué es exactamente la parentificación?
La parentificación ocurre cuando los roles familiares se invierten: los hijos pasan a desempeñar funciones emocionales o prácticas que corresponden a los adultos. Pero en el contexto de una separación conflictiva, la parentificación toma una forma especialmente dañina: el progenitor que se victimiza convierte a los hijos en sus confidentes, aliados o incluso en sus defensores emocionales, empujándolos a rechazar al otro padre o madre.
En mi caso, esta forma de manipulación comenzó a gestarse cuando decidí separarme. El padre de mis hijos, lejos de protegerlos del conflicto, comenzó a presentar la historia desde su dolor, envolviéndolos en su narrativa como si fueran parte de una batalla emocional que solo él sufría.
Fase uno de la parentificación: victimización del progenitor manipulador
La parentificación comenzó con una estrategia sutil de victimismo por parte del padre. Frases como “No podré daros el beso de buenas noches” o “Mamá me ha echado de casa” sembraron en mis hijos la idea de que yo era la culpable de la ruptura familiar. Intenté evitarlo, propuse comunicarles juntos la separación, asegurarles que seguirían viendo a su padre, pero él ya había empezado su campaña emocional.
Desde ese momento, mis hijos comenzaron a asumir el rol de consolar a su padre, de cuidarlo emocionalmente, mientras yo quedaba relegada como la “mala” de la historia. Ese es uno de los efectos más dolorosos de la parentificación: la ruptura emocional con tus propios hijos.
Fase dos: desprestigio y manipulación
En la siguiente etapa, la parentificación emocional se intensificó con el descrédito constante hacia mí. Comentarios como “No sabes ni cuidar de ellos”, “Eres como una hija más que tengo que aguantar” o “Los vistes fatal”, no solo minaban mi autoestima, sino que se convertían en argumentos que los niños iban interiorizando. Yo pasaba a ser una figura incapaz, mientras él se consolidaba como el único adulto competente y emocionalmente disponible.
En paralelo, comenzó un gaslighting sistemático: negaba cosas que él mismo decía, tergiversaba conversaciones, me hacía dudar de mi propia percepción. Este tipo de violencia psicológica es común en procesos de parentificación, y deja huellas profundas en quien lo sufre.
El impacto psicológico en la madre
La consecuencia inmediata fue mi derrumbe emocional. Vivía entre la ansiedad y la depresión. Los medicamentos se volvieron parte de mi rutina. Llegué a desconectarme de mis hijos emocionalmente, no por falta de amor, sino por la incapacidad de sostener tanto dolor. Me sentía vacía, rota, incapaz de mostrar afecto. Y eso también es parentificación: cuando te arrebatan el derecho a ser madre plenamente, sin ser percibida como enemiga.
Fase tres: aislamiento social y familiar
La parentificación no solo afecta la relación con los hijos. También puede extenderse al entorno social y familiar. En mi caso, el padre comenzó a ganarse a mi familia con gestos amables, discursos bien construidos, y una imagen de hombre noble y abandonado. Invitaba a mis padres, pagaba cenas, decía lo que ellos querían oír. Mientras tanto, yo era la figura emocionalmente inestable que nadie comprendía.
Mi familia jamás me preguntó qué había ocurrido realmente. Preferían una versión cómoda, más digerible. Por suerte, mis amigas sí vieron lo que estaba pasando. Ellas se convirtieron en mi red de apoyo cuando todo lo demás se desmoronaba.
La parentificación y el juicio social hacia las madres
Uno de los efectos más injustos de la parentificación parental es el juicio que recae sobre la madre que se aleja emocionalmente, no porque no quiera, sino porque necesita reconstruirse para poder volver a dar. La sociedad suele juzgar con dureza a una madre que se descompone. Nadie se pregunta qué circunstancias han llevado a esa desconexión.
Yo no abandoné a mis hijos. Fui empujada emocionalmente al margen, arrinconada por una narrativa manipuladora y por una estructura familiar que prefirió no mirar. El dolor que provoca este tipo de violencia es silencioso, pero profundo. Y lo peor es que muchas veces el daño es irreversible.
Reconstruirse después de la parentificación
Hoy sigo sanando. A veces con avances, otras con retrocesos. No podré recuperar el tiempo perdido ni borrar el daño, pero sí puedo nombrarlo. Puedo visibilizarlo. Puedo alzar la voz para que otras madres —y también padres— que viven situaciones similares comprendan que no están solas, que esto tiene un nombre: parentificación.
Ningún adulto debería convertir a sus hijos en armas emocionales. Ningún niño debería cargar con el dolor que no le corresponde. Y ninguna madre debería sentirse culpable por haberse roto intentando sostener lo insostenible.
Gracias por acompañarme en esta historia. Nombrar el dolor es el primer paso para sanar.
