Parentificación: la herida invisible que separa a madres e hijos
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agosto 14, 2025La violencia vicaria es una de las formas más crueles de maltrato, porque se infiltra en los vínculos más sagrados: los que existen entre una madre y sus hijos. A menudo pasa desapercibida, confundida con conflictos familiares o dificultades posruptura, pero su impacto es devastador. La he vivido en carne propia y, como muchas otras mujeres, no supe ponerle nombre hasta que ya estaba sumida en su espiral.
Una educación emocional insuficiente
Vivimos tiempos en los que se habla mucho de emociones, autocuidado, salud mental… pero la educación emocional real sigue siendo superficial. No se enseña en las escuelas a identificar perfiles tóxicos, ni a reconocer nuestras propias carencias afectivas. Nadie te prepara para entender que enamorarse sin conciencia puede llevarte a relaciones destructivas. Y menos aún, que ese amor puede transformarse en una guerra silenciosa que te arrebata hasta a tus propios hijos.
Un comienzo disfrazado de amor romántico
Yo era una mujer emocionalmente frágil, idealista y muy influenciada por los relatos del amor romántico. Así fue como conocí al padre de mis hijos, un hombre encantador, seductor, que parecía cumplir con todos los clichés de la pareja perfecta. Pero detrás de esa imagen, se escondía un narcisismo corrosivo y probablemente algo más oscuro.
Todo cambió tras el nacimiento de nuestro primer hijo. Comenzó a apartarme poco a poco, a crear un vínculo exclusivo con el niño, como si yo estorbara en esa relación. Me desacreditaba en todo lo que hacía: la ropa que elegía para él, la comida que le preparaba, incluso mis momentos de descanso. Nada estaba a su altura. Y ese desprecio cotidiano, aunque parecía pequeño, fue minando mi estabilidad emocional.
Una maternidad robada
Cuando nació nuestra segunda hija, viví un fugaz momento de plenitud. Ella era dulce, cercana, y compartíamos una conexión hermosa. Pero aquello también le molestó. Empezó a atacarme más abiertamente. Me ridiculizaba delante de los niños, me comparaba con ellos como si yo fuera una carga más. Me hacía luz de gas constantemente, negando hechos que acababan de suceder, haciéndome dudar de mi cordura.
Ya no salíamos, ya no compartíamos nada como pareja. Solo cuando le suplicaba entre lágrimas conseguía una mínima atención. Y así, año tras año, me convertí en una sombra. Mantenía el hogar, criaba a los niños, sostenía económicamente nuestra vida… pero él se reservaba para los momentos dulces: juegos, caricias, risas. Todo lo bonito. Yo era el desgaste, la exigencia, la que «estorbaba».
Una tercera hija, un intento desesperado
Mi tercer embarazo fue un acto inconsciente de supervivencia. Me sentía sola, desgastada, desconectada de mi segunda hija a causa del control emocional que él ejercía. Pensé que un nuevo bebé podría traerme de vuelta esa ternura perdida. Pero fue al contrario: precipitó el colapso.
Cuando la pequeña tenía tres años, por fin, tomé la decisión de separarme. Pensé que era el principio de la recuperación. Sin embargo, no sabía que la verdadera violencia vicaria apenas empezaba.
El odio heredado
Durante estos quince años desde la separación, el padre de mis hijos ha desplegado su habilidad para manipular y seducir emocionalmente. No lo ha hecho de forma abierta ni evidente. Ha sido un trabajo lento, sigiloso, meticuloso. Y ha conseguido algo terrible: trasladar su resentimiento a nuestros hijos.
Ver en la mirada de tu hija el mismo desprecio que un día te dedicaba su padre. Escuchar en tu hijo frases, tonos, silencios que te resultan familiares porque antes fueron proyectiles dirigidos a ti. Eso es violencia vicaria. Un veneno que se inocula en la relación madre-hijo hasta romperla, hasta convertirla en un campo minado donde el amor ya no se expresa, sino que se sospecha.
De la destrucción a la transformación
Podría haberme quedado ahí. Rota. Anulada. Medicada. A punto de desaparecer. Pero no lo hice. He recorrido un camino muy largo para volver a mí. He tenido que reinventarme desde la ceniza. A veces con miedo, otras con rabia, muchas con dolor, pero también con la certeza de que merecía reconstruirme.
Hoy sigo caminando. A veces tropiezo, otras veces vuelo. Tengo amigas que me han sostenido, terapeutas que me han acompañado, y tres hijos que, pese a todo, me inspiran a seguir. Ellos también están empezando a abrir los ojos, a ver las grietas en el discurso de su padre. Eso me da esperanza, aunque sé que la herida está hecha.
No estás sola
Si tú que me lees has vivido algo parecido, quiero que sepas que no estás sola. La violencia vicaria no siempre se ve. No deja moratones, pero te destroza por dentro. Lo importante es ponerle nombre, hablarla, romper el silencio. Y sobre todo, no rendirse jamás. Porque nadie, ni siquiera el maltrato más sofisticado, puede robarnos la capacidad de volver a amar —a los demás y a nosotras mismas.
Gracias por leerme.
